5 CASACAS

Category : Arte y Escultura
Date : Noviembre 7, 2017

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Sor Juana Pop

Juana se despertaba al alba todos los días antes que nadie en la barraca. Abría la tela verde raída que hacía de puerta y los primeros rayos de sol penetraban en sus ojos claros y explotaban en su cabello de oro. Los pómulos endurecidos con el frío del rocío se encendían de un rosa pálido intenso. Mordía unas hierbas secas que le había enseñado su padre a buscar en la maleza para quitar de la boca el sabor de una noche llena de luchas y lanzas. Juana tenía sólo 19 años y ya parecía llevar sobre sus hombros la desdicha eterna. Con su chaqueta de cuero y tachas, subía a su moto, y se alejaba de la tribu hacia el arroyo que lavaría sus uñas de tierra ensangrentada de sueños

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Ojos de Yacaré

El color de la piel de sus pies era idéntico al reflejo del río. Había escuchado en algún cuento de adultos en las fogatas que los torrentes eran celestes, transparentes. Pero el suyo era del color de la tierra, como sus manos, como su cara. El pelo brilloso y lacio negro azabache se calentaba con el sol del mediodìa. La vara de madera larga que su abuelo le había dado la usaba para cazar pequeños peces escondidos en ese agua espesa color caramelo de donde emergían a la hora de la siesta las miradas inquietantes, sigilosos y esperanzados yacarés.

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De paseo

La niña caminaba por el parque lleno de patos blancos y estanques de agua verde. Ella llevaba su sombrero y su parasol estampado, era tarde de nubes multicolores. Había guardado en su pequeño bolso color rosa los dulces que su padre le había traído de vuelta del trabajo. La niña inquieta revoleaba su falda de volados color lila sin percatarse que a cada golpe de viento la serpiente que la protegía acompasaba su respiración.

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Jorge el Bueno

Jorge había nacido con un don: saber más de la cuenta. A los cuatro años leía perfectamente en voz alta cualquier trozo de papel escrito que le pusieran delante. Conocía todos los cuentos de hadas y caballeros. Pero todavía no se había escrito su propia historia. Sabía de princesas, y sabía de dragones. Por eso a los siete años le había pedido a su padre que le regalara un arma para defenderse. Ofendido había pasado noches enteras sin salir de su cuarto en clara queja por el regalo. Madera pensaba. Cómo se puede pretender luchar contra el fuego del mal con algo que se quema. Años más tarde en la puerta de su casa tropezó con el destino, y cayó de rodillas ante el metal de su suerte, la espada.

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Alboroto en el gallinero

Una, dos, tres y cuatro contaba Anastasia cuando entraba en el granero mientras ellas dormían. Una, dos, tres y cuatro volvía a contar. Con una canasta en la mano cada mañana tomaba de los nidos calientes los huevos blancos del desayuno. Pero esta vez no había silencio ni huevos……una intrusa en la casa! Alboroto y plumas volando por el aire. Del agujero del piso seco salía una larga cola con puntas que se volvia a esconder bajo la tierra. Otra vez y ya van cuántas! Y ahí de nuevo la serpiente desaparecía con la barriga llena de albúmina.

OBRAS: Acrílico y tinta sobre papel. 40 x 40 cm.

JAVIER CASALS

ARTISTA PLÁSTICO | BUENOS AIRES | ARGENTINA

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